lunes

Ceguera.




Anochecía y los tres amigos caminaban juntos hacía la puerta de calle.
—Llegó el momento de despedirnos —dijo Raúl— que disfrutes en Italia, te deseo suerte.
—Gracias, no va a ser fácil, tengo que dejar en Buenos Aires mis amigos y mi familia —la voz de Marcos se quebró, no dejaba  de mirar a Camila.
Raúl  trató de inventar una sonrisa, de pronto exclamó:       
—Tengo frío, que tengas un buen viaje Marcos — estrechó la mano del amigo y se marchó golpeando las paredes del pasillo con su bastón blanco.
Quedaron solos. Camila soltó el llanto contenido, Marcos la tomó de la cintura y la besó con el dolor de saber que sería la última vez. Quedaron abrazados hasta que ella, suavemente se separó.
—No puedo Marcos, a veces, sus ojos vacios  me siguen y presiento que me está mirando.
Él le acarició la cara.
—No sé si Raúl hubiera hecho lo mismo por mí, te amo y porque  él que es mi amigo; te dejo a su lado.
Marcos se fue, como una garganta lo fue tragando la noche y Camila quedó sola, intentando calmar el dolor que la agitaba por dentro, no quería que Raúl descubriera que había llorado.  
Entró.
—Hace frió Raúl, voy a cerrar la ventana.

—Déjala así, me gusta la brisa y esa luna enorme, tan blanca,  parece una ventana en el cielo.





El otro






 Amanecía. Un sol pálido se reflejaba en el río. Santino masticaba su bronca junto con el tabaco que ya no sabía a nada. Se dijo que la vida del pescador es muy desgraciada, toda la noche y  ni una miserable mojarra.
Los otros había pasado hacía más de dos horas,  con sus canoas repletas de peces, él los miró con envidia y los ojos cargados de sueño.
Parece una maldición, se dijo.
Decidió volver al rancho. La Juana, aún no se habría levantado. Pensó en su piel oscura, en la curva mórbida de sus caderas y la necesidad por llegar a su lado fue una urgencia.
La Juana, el nombre se le hizo miel en la boca, esa mujer valía cualquier sufrimiento, hasta el mismísimo infierno.

Un soplo helado encrespó la corriente. La canoa se dejaba llevar de un lado a otro, intentó acercarla a la orilla cuando un remolino traicionero  lo sacó de su rumbo y lo arrojó contra las raíces de un tronco seco que saliendo de la costa se metían en el cauce. Una rama quebrada se incrustó destruyendo el costado de la chalupa. Se aferró a las ramas, trepo por ellas y  llegó a  tierra firme. El agua   se llevó la barca como si fuera un pañuelo, jugando sobre la piel del río y a merced del viento frenético.
No lograba entender, en segundos el río había enloquecido. El agua surgía furiosa desde el fondo, en olas sin destino, hacía un lado y otro, como si un animal enorme se revolcara en el lecho fangoso. Había perdido la canoa y él se había salvado por milagro.
Nubes oscuras cubrieron el sol, el día se hizo noche.
Cruzó la selva buscando el camino de regreso, las enredaderas le cerraban el paso. Estaba perdido, no reconocía ni los árboles, ni un triste camino que le dijera: es por acá.
Un olor ha podrido, a carne descompuesta le llegó hasta la garganta, le produjo arcadas.
De pronto,  vio esa cosa parada frente a él, se detuvo paralizado, no era un hombre, tal vez lo había sido. Quiso correr, las piernas se le negaron, estaban clavadas en la tierra musgosa, el otro se acercó, su olor inmundo le revolvió el estomago y lo hizo vomitar.
—¿Quién sos? ¿Qué mierda querés?
Retrocedió resbalando, cayó, recién se dio cuenta que había perdido las alpargatas.
Por las ropas raídas del otro, asomaban restos putrefactos de carne, las manos eran huesos descarnados al igual que lo que veía bajo el sombrero negro.
—¿Ánima bendita, que buscas?
No obtuvo respuesta. Le temblaban las piernas, un sudor helado recorría su espalda. El chillido de un búho sobre su cabeza, lo hizo saltar, lo vio levantar vuelo con un aleteo ruidoso. Intento correr, a los pocos metros cayó nuevamente. Esa cosa se acercaba, flotaba, no hacía pie. Al tenerlo tan cerca, las nauseas le retorcieron las tripas. Cuando el mareo y los vómitos pasaron, notó que esa cosa había desaparecido. El cielo seguía oscuro, ya no había viento. Una quietud  de muerte flotaba entre las hojas  ni el vuelo de un pájaro se oía.
Se secó la cara con la camisa. Ahí estaba el olor nuevamente y eso frente a él. En lo que había sido el pecho del otro y entre los jirones de  la ropa, vio la cadena y la cruz. La reconoció: era la cruz del Mingo, la que Juana le había regalado.
¡El Mingo!
No podía ser, estaba muerto. Bien muerto.
—¿Mingo?
El gruñido intento ser un grito. Se estremeció.
No podía ser el Mingo. Él lo había enterrado. Él, con sus propias manos. Él, le contó a la Juana, que lo vio irse con una de las alemanas del recreo. Él la acompañó, a preguntar en todos los puestos de la isla y fue su paño de lágrimas. Al fin, cansada de esperar, se refugió en sus brazos buscando consuelo. Y ahora después de casi un año…
                     —¿Qué querés?
El otro lo señaló.
Quiso escapar y no pudo. Estaba paralizado.
Se metió en el río tratando de escapar, de ganar la otra orilla.
Lo último que escuchó fue el canto agorero del búho. Las aguas se abrieron como una boca y una mano de barro lo llevó hasta el fondo.





Cuento ganador del 1º premio en el concurso; Criptonomikon 5. Festival Relatos de Terror 2011. España.





                                                                                                                  

El cuadro.



El cuadro ya estaba allí, cuando mis padres compraron la casa del doctor  Haustein.
Era un antiguo departamento sobre la calle Tucumán,  al abrir el portón, alto y oscuro,  nos recibía un pequeño hall y dos puertas, una daba a la planta baja, era  el estudio de  los abogados Hafler y Maier.  La de la derecha daba a  la escalera que  llevaba a nuestra vivienda y en el descanso, sobre la pared, el cuadro. Mi madre decía que era una pintura  de valor y que la dejaría allí porque le daba  importancia a la casa. 
El hombre de la pintura  parecía  mirar con ojos  tristes  quien sabe que recordaría mientras lo pintaban y en  esa  evocación su   sonrisa serena  era  una mueca apenas perceptible. A mí me impresionaba la sombra a su espalda, ese perfil que se elevaba sobre su cabeza,  esa mano  que intentaba  demostrar algo que mi corta edad no comprendía, pero despertaba   mi temor y la admiración de los mayores.

La pintura quedó siempre en ese lugar, tal como lo había decidido mi madre.  A pesar del tiempo el cuadro  se mantuvo en perfecto estado, menos la sombra,  que se fue desdibujando, hasta desaparecer totalmente y sin explicación.

Años después, alguien del barrio me comentó,  que el hombre del cuadro había sido un médico reconocido y  había fallecido a mediados de 1980,  extrañamente, la misma época en que desapareció en el cuadro, la sombra a la espalda  del protagonista.



El cuadro es de Christian Schad. Año 1928.                    





martes

La planta.




Todo comenzó con un montículo de tierra que dejaron abandonado en la vereda de don Carlos, al viejo le pareció buena tierra para rellenar una maceta, y plantó un jazmín.
Días  después las hojas y las ramas del jazmín estaban secas, totalmente secas.
Al día siguiente, los ojos del anciano se abrieron asombrados; en la maceta crecía un arbusto de hojas verdes y brillantes, era tan deslumbrante su color que don Carlos pasaba horas admirándolo y recordando las habichuelas mágicas, ese cuento que le leía a sus nietos,
Pero está planta era real y misteriosamente se elevaba sujetándose a las paredes de la casa como hiedra, no dejaba espacio sin cubrir.
Asustado por la dimensión que cobraba y pensando que quebraría el techo, intentó cortarla desde la raíz y no lo logró. La corteza era una barrera que el hacha no lograba penetrar.
Una mañana le fue imposible salir de su casa. La vivienda había sido cubierta por las ramas que sellaron cada abertura firmemente. Don Carlos golpeó puertas, ventanas, gritó hasta quedar afónico. Nadie lo escuchó.
El follaje ahogaba su voz.
Intentó llamar a Lola, su vecina, imposible, la línea telefónica había sido cortada por  las ramas de la planta y su celular no tenía crédito.

Lola extrañada de ver la hiedra que cubría la casa y notando la ausencia del  anciano, se acercó y tocó el timbre, nadie respondió. Al día siguiente, sucedió lo mismo, decidida, llamó a la policía, ellos arrancaron las ramas que cubrían la puerta; abrieron y entraron.
Encontraron a don Carlos sin vida, todo parecía normal en el interior, sólo que, la piel de don Carlos   resplandecía con un extraño color verde.

Lola   no lograba contener su llanto por la pérdida de su buen vecino. Buscó la soledad  del jardín para desahogar de tanta pena y mientras lo recorría, sus ojos descubrieron una planta desconocida que crecía bajo un rosal, la deslumbró  el brillo de sus hojas verdes.  Con cuidado la arrancó y se la llevó.
Don Carlos ya no la necesita, pensó, y en mi parque lucirá muy bien.





lunes

Retazos.







Nací en un barrio-campo, entre el verde de la alfalfa y calles de tierra, con mariposas mañaneras y luciérnagas nocturnas, donde dormir la siesta era un castigo, que me obligaba a escapar en silencio y buscar la sombra del nogal, llevando un libro  de Brontë o de Alcott, amigas fieles de esos días, en que desmigaba bizcochos de vainilla o rosquitas de miel, donde el miedo no existía y hasta la avispas zumbonas eran amigas.
Tiempo de  infancia, con la cara al cielo, perdida en los atardeceres, bebiendo  nubes creadoras de pájaros o perfiles extraños que jugaban con mi asombro. Y cuando el sol incendiaba el horizonte, fantaseaba con plasmar la imagen en la mejor pintura de mi vida.
Hoy pinto con palabras, lo que veo y sueño, entre retazos que la vida me dejó para el recuerdo y rescato imágenes del país de las ilusiones perdidas, donde viven  duendes de ojos enormes y largos sombreros; que me siguen habitando a pesar de los años. 

¿Qué haba sido de aquel granado de frutos rojos que destilaba sangre en cada bocado? ¿O aquel  damasco de enormes frutas, doradas como el sol y pulpa de miel sedosa como un beso?
Creo que los momentos vividos, son más importantes al evocarlos, que lo que  fueron en la realidad de su instante.
Si cierro los ojos, los veo, pero al abrirlos el sonido de los telares me dice que ya no están, y que una  fábrica ha cubierto todo el paisaje, que sólo queda la memoria de la felicidad vivida y que la vida es un círculo que sigue rodando y  no hay vuelta atrás.




martes

Cristal roto.









Te escuchaba, pero estaba cerrada a tu voz. Tus palabras caían, saltaban en la mesa de aquel bar y rodaban hasta el suelo, se desarmaban y las letras giraban por el piso como hojas  secas y livianas y yo,  imaginaba que bailaban entre las baldosas rojas mientras vos seguías  hablando.
No me interesaban tus explicaciones. Eras mi hermana  y sin embargo en ese momento te consideré  tan  lejana, una  desconocida. La muerte de mamá nos había reunido, pero ni ese dolor lograba que te entendiera, en realidad,  éramos dos extrañas.  Qué me ibas a explicar, que mi marido fue tu gran amor, no hacía falta, lo supe el día en que me abandono  y los vi irse abrazados y me quedé de pie, sostenida por una puerta que parecía abrazarme para darme fuerzas.
¿No fuiste feliz con él?  Lo siento, la vida es así, te da y te quita.
De nuevo tus palabras resbalaban por mis oídos, intentaba escucharte  y no lo lograba, hasta que como un viento me llegó tú pregunta:
 ¿Por qué estuvimos separadas tantos años?  
Te miré a los ojos y no respondí. Creí que si respondía a tu pregunta me iba a largar a llorar. No sé si eras tonta o la tonta era yo por escucharte.
Me levanté y ante tu asombro,  me fui del bar.






lunes

¡¡He recuperado mi blog!!





¡¡¡Gracias Lujan Fraix!!

He recuperado mi blog, gracias a lujan que me mando por correo los pasos a seguir para poder entrar a mi querido blog; "Cuentos y Poesías".

Es emocionante que Lujan a quien conozco de Facebook y Nuestros Blogs y nunca vi personalmente, se haya molestado y enviado los pasos a seguir y aquí esta el resultado: he logrado entrar a mi blog. 

Con el corazón en la mano te digo nuevamente: ¡¡Gracias Lujan!!






María Rosa.




Ceguera.

Anochecía y los tres amigos caminaban juntos hacía la puerta de calle. —Llegó el momento de despedirnos —dijo Raúl— que disfrutes e...